Sicilian Déjà Vu

Sicilian Déjà Vu

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Textos y fotografías Hernán Azócar.

Hace unos 28 años, a un par de mesas de donde me tomaba un café en la Universidad de Estocolmo, oí por primera vez el sonido áspero del habla de Sicilia; una fonética extraña y al mismo tiempo familiar, en la que palabras como “trenes”, “contrato” o “atrapar”, se pronunciaban con la misma “tr” con la que los chilenos chasqueábamos la lengua al otro lado del planeta, cuando hablábamos el dialecto de la tribu.

Dos hombres jóvenes de pelo negro, extranjeros como yo, aunque vestidos con el overol del personal de aseo, ahogaban una discusión a sotto voce, con un diálogo de reojos, que solo se interrumpió cuando uno de ellos, desafiante, me lanzó un “tu mi capisci bene, vero?”, temiendo que hubiera podido oír lo que no tenía porqué saber.

Eran los años de plomo en la isla, cuando la mafia reventaba de un bombazo el auto del juez Falcone a su regreso del aeropuerto que hoy lleva su nombre.

Años más tarde, sin conocerla aún, me imaginé Palermo en Valparaíso, en Santiago de Chile, en el tugurio del Paco Rivano, el carabinero dramaturgo, con esa prosa pasada a cuchillo sobre flaites, perdedores, putas, doncellas y rucios de arrabal, idénticos a los que aplanan esas calles sucias y fascinantes del centro histórico de Palermo, tiznadas de gloria pasada y de decadencia.

Hay algo en las costras de esta ciudad; en sus edificios derruidos desde los bombardeos del 43, en los gatos callejeros disputándose raspas de pescado entre los escombros, en las paradas de bus, con ancianos curtidos que regresan del mercado; ya he visto esa amarra de cáñamo con la que alguien entablilla una higuera desgarrada por el calor.

Déjà vu siciliano, sensación de estar de nuevo en casa, que al menos a mí, me sirvió de salvoconducto para fotografiarla sin sentirme mirón, para reconocerme en un traqueteo de tren, en un viaje de cara al viento y codos en la ventanilla y para callar de pudor con la precariedad, el olor a sol en la piel, o cualquier visión que gatillara emociones olvidadas, como lo hace una cicatriz ya casi invisible en el dorso de la pierna, que solo puedes verte con la ayuda de un espejo.

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