Una celebración viva de la lectura
La celebración del Día del Libro en la Escuela La Dormida fue mucho más que una efeméride escolar. Fue una jornada marcada por la alegría, la participación y la creatividad, donde la lectura apareció unida al juego, al cuerpo, a la voz y a la expresión artística.
Niños y niñas llegaron disfrazados de personajes de cuentos, novelas e historias que forman parte de su imaginario lector. Durante el día hubo lectura compartida, cuentacuentos, títeres, dibujo, pintura y exhibición de trabajos realizados por los propios estudiantes. Todo ello dio forma a una atmósfera cercana y festiva, donde leer se vivió no como una obligación, sino como una experiencia compartida y significativa.
Uno de los aspectos más valiosos de la jornada fue justamente ese: la capacidad de la escuela para convertir el libro en una experiencia viva. No se trató solo de promover la lectura, sino de abrir un espacio donde niños y niñas pudieran habitar las historias, representarlas, recrearlas y vincularlas con su propia sensibilidad.
Leer también el lugar que se habita
Pero junto con celebrar el libro, la actividad permitió abrir otra dimensión muy importante: la relación entre lectura y territorio.
La idea que atravesó la jornada fue sencilla, pero profunda: que los lugares también pueden leerse. La capilla, los caminos, la cancha, la memoria de las familias, los cerros, los árboles y la vida cotidiana de La Dormida forman también un gran libro, hecho de huellas, recuerdos, afectos, voces y experiencias compartidas.
Desde esa mirada, el territorio deja de ser solo el contexto donde se ubica la escuela y pasa a ser una fuente de sentido. Allí aparecen pertenencia, identidad y comunidad. Cuando los niños y niñas descubren que el lugar donde viven guarda historias, comienza a fortalecerse un vínculo más profundo con su entorno. Y cuando además se les invita a narrarlo, dibujarlo o imaginarlo, dejan de ser solo receptores de contenidos para convertirse en participantes activos de una construcción cultural compartida.
Memoria, comunidad y creación
En ese marco, la presentación del libro Yastay, el niño que recuperó la memoria permitió tender un puente muy sugerente. El relato habla de una comunidad que decide resguardar su memoria para que no desaparezca con el tiempo. La idea dialogó de manera muy natural con lo vivido en la escuela: también en La Dormida existen historias, nombres, recuerdos y leyendas que merecen ser escuchados y contados.
La invitación que surgió de ese cruce fue especialmente fecunda: así como hay libros que se leen con los ojos, también hay territorios que se leen con atención, escucha y sensibilidad. Y así como una comunidad puede guardar su memoria para que permanezca, también los niños y niñas pueden transformarse en autores de ese gran libro que es el lugar donde viven.
Ese gesto tiene un valor educativo profundo. Porque no solo fortalece la lectura y la expresión, sino también la pertenencia y la comunidad. Leer, en este contexto, no es únicamente enfrentarse a un texto escrito, sino aprender a escuchar lo que un lugar dice y encontrar formas de compartirlo con otros.
Los niños y niñas también son autores
La exposición de relatos escritos por los propios estudiantes fue una muestra clara de ello. En esos textos aparecieron leyendas, misterios, escenas y personajes vinculados al imaginario local. Historias como “La Ramona” o “El secreto de La Dormida” dieron cuenta de una relación viva con el entorno, donde la infancia no solo recibe relatos, sino que también los recrea, los transforma y les da nueva vida.
Junto a ello, los talleres de dibujo y creación visual mostraron que la experiencia lectora puede expandirse a muchas otras formas expresivas. Disfrazarse, dibujar, escribir, escuchar, actuar o imaginar no fueron actividades separadas, sino distintas puertas de entrada a una misma experiencia: la de hacer del libro una forma de encuentro con los otros y con el lugar que se habita.
Una escuela que se lee a sí misma
La jornada dejó ver con claridad una escuela que no solo promueve la lectura, sino que la enlaza con la creatividad, la identidad local y la participación. Una escuela que no separa el aprendizaje del entorno, sino que reconoce en él una fuente de sentido. Y una comunidad educativa que entiende que leer también puede ser una forma de habitar mejor el lugar donde se vive.
Quizá ese fue uno de los sentidos más profundos del día: recordar que un territorio no solo se transita o se ocupa. También se escucha, se imagina, se interpreta y se cuenta.
Al celebrar el Día del Libro, la Escuela La Dormida celebró también algo más amplio: la posibilidad de leerse a sí misma como comunidad, como memoria viva y como territorio compartido.