Este artículo desarrolla algunas de las ideas presentadas por Juan Francisco Bascuñán en el Ciclo de Literatura Indígena 2026 “Otras tierras, otros espíritus: relatos y voces indígenas para las infancias”, organizado por el Plan Regional de Lectura, Escritura y Oralidad de la Región Metropolitana junto a la Subdirección de Pueblos Originarios y Tribal Afrodescendiente. A partir de la experiencia de creación y mediación de Yastay, el niño que recuperó la memoria, la presentación propuso una reflexión sobre relatos, memoria, interculturalidad y mediación lectora.
¿Qué ocurre cuando nos encontramos con otros relatos?
Los seres humanos no vivimos solamente entre hechos. Vivimos también entre historias.
Narramos lo que nos ocurre, quiénes somos, de dónde venimos y nuestra relación con otras personas, con los animales y con los lugares que habitamos. También compartimos relatos que nos ayudan a determinar qué consideramos importante, qué recordamos, qué dejamos fuera y qué voces escuchamos.
Necesitamos esas narraciones porque permiten organizar nuestra experiencia y darle sentido.
El problema aparece cuando una manera de comprender el mundo pretende convertirse en la única manera posible de hacerlo.
Encontrarnos con relatos provenientes de otras memorias, territorios y tradiciones puede entonces producir algo especialmente valioso: no solamente permite conocer algo diferente, sino también hacer visible nuestra propia manera de mirar.
Muchas veces creemos que nuestra forma de comprender las cosas simplemente corresponde a “la realidad”. Hasta que alguien mira desde otro lugar.
Por eso acercar literatura indígena a las infancias puede significar bastante más que incorporar nuevos títulos a una biblioteca. Puede ampliar el repertorio de historias desde las cuales niñas y niños comienzan a comprenderse a sí mismos, comprender a otros y relacionarse con el mundo.
No se trata de reemplazar una verdad por otra, ni de enseñar una determinada teoría sobre interculturalidad. Se trata de crear oportunidades para descubrir, desde temprano, que existen otras memorias, otras perspectivas y otras relaciones posibles con el territorio.
¿Es real o es un cuento?
Una de las preguntas que suele aparecer frente a relatos tradicionales es sencilla y legítima:
¿Esto ocurrió realmente o es un cuento?
Importa distinguir entre hechos históricos y creaciones literarias. Importan las fuentes, los documentos y las evidencias.
Pero la pregunta por la literalidad no necesariamente agota todo lo que una narración puede hacer.
Un relato puede conservar una memoria. Puede mantener vivo el nombre de un lugar o de un ser. Puede transmitir determinadas relaciones entre personas, animales y territorio. Puede mostrar una forma de cuidar o hacer visible algo que otras explicaciones dejan fuera.
Por eso, frente a una historia como Yastay, junto con preguntar si los acontecimientos ocurrieron exactamente de esa manera, podemos formular otras preguntas:
¿Qué conserva esta historia?
¿Qué relaciones pone en primer plano?
¿Qué nos permite ver?
¿Qué manera de vincularse con el territorio aparece en ella?
La pregunta por la verdad sigue siendo importante. Pero no es la única pregunta que podemos hacerle a una narración.
Narrar es dar forma
Algo parecido ocurre cada vez que contamos nuestra propia experiencia.
Si al final del día alguien nos pregunta cómo estuvo nuestra jornada, no reproducimos todo lo vivido. Elegimos determinados acontecimientos, dejamos otros fuera, relacionamos experiencias y les damos una forma.
Decimos, por ejemplo: “Fue un día maravilloso” o “Fue un desastre”.
Eso no significa necesariamente inventar.
Significa narrar.
Tomamos una experiencia mucho más extensa y construimos una forma que nos permite comprenderla, recordarla y compartirla.
Narrar supone siempre seleccionar, relacionar y organizar.
Y eso también ocurre en la literatura y en la mediación.
Un autor decide qué contar y desde dónde hacerlo. Un ilustrador decide qué mostrar y cómo representarlo. Un mediador decide qué libro presentar, qué página abrir, qué pregunta formular, qué información entregar y también cuándo guardar silencio.
Por eso la mediación nunca es completamente neutra.
Siempre ocurre desde algún lugar.
Yastay: una historia que ya venía viajando
Cuando comenzamos a trabajar en Yastay, el niño que recuperó la memoria, no inventamos a Yastay.
Nos encontramos con él.
Durante la investigación aparecieron referencias provenientes de distintas fuentes: antecedentes arqueológicos, recopilaciones históricas y memorias y tradiciones diaguitas contemporáneas.
No todas hablaban desde el mismo lugar ni tenían el mismo estatuto.
Y tampoco todas las versiones eran idénticas.
Al comienzo buscamos algo bastante natural: una versión original que permitiera decir con seguridad “Yastay es exactamente esto”.
Pero poco a poco apareció otra posibilidad.
Un relato transmitido durante generaciones no necesariamente permanece inmóvil esperando que alguien encuentre su versión definitiva.
Un relato vivo se mueve
Alguien cuenta. Otro escucha. Recuerda. Vuelve a contar.
Las palabras pueden cambiar y, sin embargo, ciertos elementos permanecen.
En las fuentes y tradiciones revisadas, Yastay aparecía asociado especialmente a guanacos y vicuñas, a la protección de las manadas, al territorio cordillerano, al cuidado y al límite frente a la caza abusiva.
Esas coordenadas no fueron inventadas por nosotros.
Las recibimos.
Recibir una tradición y crear una obra
Pero nuestro libro tampoco es una transcripción de una versión anterior.
Ahí comienza el trabajo de creación.
En Yastay presentamos al personaje como un niño Guanaco. Construimos un viaje. Creamos sus encuentros con diferentes seres. Incorporamos las vasijas como una imagen de la memoria que puede conservarse y viajar hacia otro tiempo.
Todas esas son decisiones autorales.
La misma distinción aparece en las ilustraciones.
En una parte del libro, el lenguaje visual dialoga con formas, colores y geometrías presentes en la cerámica diaguita. Pero eso no significa afirmar que los antiguos diaguitas representaban de esa manera a Yastay ni atribuir un significado preciso a cada forma utilizada.
Existe una diferencia importante entre fuente cultural y creación artística.
Reconocerla no disminuye la obra.
Al contrario.
Permite hacer visible qué proviene de una tradición y qué pertenece a una interpretación contemporánea.
Distinguir aquello que recibimos de aquello que creamos es también una forma de respeto.
La memoria no permanece inmóvil
Este recorrido permitió pensar además en algo más amplio.
Las memorias no necesariamente atraviesan el tiempo conservándose intactas.
Pueden transformarse, hacerse menos visibles, mezclarse con otras experiencias y volver a adquirir sentido en nuevos contextos.
En ese proceso los relatos pueden desempeñar un papel importante.
No porque sean una reproducción exacta del pasado, sino porque pueden mantener nombres, relaciones, lugares, imágenes y preguntas disponibles para otras generaciones.
Alguien cuenta.
Otro escucha.
Algo cambia.
Algo permanece.
Y mucho tiempo después alguien puede volver a reconocerse dentro de esa historia.
Desde esa perspectiva, una narración puede ayudar a mantener abierta la posibilidad de recordar.
¿Qué significa entonces mediar?
Cuando un libro llega a manos de niñas y niños comienza un nuevo proceso.
La tentación del adulto suele ser explicar rápidamente aquello que sabe.
Decir quién es el personaje, qué representa la imagen y qué significa la historia.
Pero existe otra posibilidad.
Podemos permitir primero que ocurra el encuentro.
Mostrar una imagen y preguntar:
¿Qué ven?
¿Qué les llama la atención?
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué relación parece existir entre estos personajes?
Después podemos aportar información.
Y entonces volver a mirar.
El conocimiento del mediador no desaparece. Simplemente cambia el momento y la forma en que interviene.
Podríamos resumir el movimiento así:
mirar → aportar contexto → volver a mirar.
Cuando explicamos demasiado pronto podemos cerrar una experiencia que todavía estaba comenzando.
Cuando primero permitimos mirar, cada niño puede realizar sus propias distinciones: uno observa un personaje, otro un animal, otro un color, otro una relación.
Después la mediación puede enriquecer esa primera percepción, aportar antecedentes, formular nuevas preguntas y regresar a la obra.
Abrir y volver
Esto no significa que cualquier interpretación sea igualmente válida.
Abrir la conversación no supone abandonar el rigor.
Podemos escuchar una interpretación y después preguntar:
¿Qué te hace pensar eso?
¿Dónde lo ves?
¿Qué muestra la imagen?
¿Qué dice el texto?
¿Qué sabemos a partir de las fuentes?
La mediación puede entonces funcionar a partir de dos movimientos:
abrir y volver.
Abrir para permitir que aparezcan observaciones, relaciones y preguntas.
Volver al texto, a la imagen, al contexto y a las fuentes para ampliar, contrastar y fundamentar.
Una pequeña brújula para la mediación
A partir de esta experiencia propusimos cinco movimientos que no buscan constituir una receta, sino una orientación para trabajar relatos y literatura con las infancias:
SITUAR → MIRAR → RELACIONAR → CONVERSAR → VOLVER AL TERRITORIO
Situar significa saber desde dónde hablamos. Preguntarnos qué sabemos, de dónde proviene la historia, quién la registró o transmitió y qué pertenece a la versión contemporánea que tenemos entre las manos.
Mirar significa resistir por un momento la necesidad de explicar. Dar tiempo para observar, distinguir y formular una primera lectura.
Relacionar implica no quedarse solamente en los personajes o elementos aislados, sino preguntarse qué ocurre entre ellos. Quién necesita a quién. Qué puede hacer cada uno. Qué cambia cuando observamos una escena desde el lugar de otro.
Conversar supone abrir interpretaciones y después volver a la obra para ampliarlas y fundamentarlas.
Y volver al territorio significa permitir que la historia modifique también nuestra manera de mirar el lugar donde vivimos.
¿Qué animales habitan aquí?
¿Qué plantas conocemos?
¿Qué recuerdan las personas mayores?
¿Qué historias siguen circulando?
¿Qué relaciones quizá estaban allí y todavía no habíamos aprendido a observar?
En ese momento el mediador ya no conecta solamente a un niño con un libro.
Conecta libro, lector, memoria, comunidad y territorio.
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Tal vez una de las posibilidades más profundas de trabajar con relatos provenientes de otras memorias y otras tradiciones sea precisamente esta.
No obligarnos a abandonar nuestra propia mirada, sino permitirnos descubrir que no es la única.
La literatura puede abrir ese desplazamiento.
Puede llevarnos momentáneamente hacia otro lugar, otra historia o determinada forma de relacionarse con el mundo y, desde allí, permitirnos regresar a nuestro propio territorio viendo algo que antes permanecía inadvertido.
Por eso mediar no consiste solamente en transmitir información ni en explicar correctamente un libro.
Puede ser algo más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente:
crear condiciones para que otro pueda mirar, relacionar, preguntar y ampliar su comprensión.
O, dicho de la manera más breve:
Mediar no es decirle a otro qué debe ver. Es crear las condiciones para que pueda ver más.